Soy libre
Sacudí la cabeza. Nada de eso podía ser cierto. Es que era tan absurdo que no quería creerlo, porque simplemente era demasiado doloroso como para reconocerlo.
Acaricié los azulejos del cuarto de baño. Estaba apoyado en ellos, sentado en el suelo. Me goteaba sangre por la boca porque me había mordido con demasiada fuerza.
Ya veo que ni el dolor físico podía aliviarme.
Era domingo. Quedaban menos de veinticuatro horas para volver a aquel lugar estúpido lleno de imbéciles indeseables que sólo buscaban la desgracia de los demás. Solo estas cosas las entendíamos los pobres infelices que nos había tocado estar dentro.
Sí, hablo del instituto.
La sociedad afirma que la culpa de todo es nuestra. Que si hay violencia en los centros educativos es por culpa de que los niños no saben controlarse, y de que los padres no saben educar a sus respectivos hijos.
Que sólo los padres les enseñan a pegar, defenderse, y luchar por medio de la violencia.
Pero… ¿Qué coño saben ellos de lo que pasa dentro? Alguna vez ellos fueron chavales, ¿no? ¿Entonces por qué no entienden todo lo que pasa a su alrededor? ¿Por qué se quieren hacer ajenos a todo eso?
La culpa, la culpa, la culpa… ¿De qué sirve acusar a alguien de ser el causante de algo si lo que busca el problema no es culpable, sino solución? Es absurdo todo eso.
Me reí cuando vi hace poco un debate sobre la educación actual y la de hace varios años. Antes los alumnos temblaban al ver a un profesor, y ahora es lo contrario. También hablaron sobre el síndrome de Bulling.
Y fue entonces cuando me reí a carcajadas.
Hablan, hablan y hablan sobre ese tema, y no se dan cuenta de que eso no sirve de nada. ¿Quién me salvó a mí hace tres días cuando me dejaron en ridículo delante de toda la clase? ¿Estuvo algún político a mi lado cuando me bajaron los pantalones en el recreo y me obligaron a bailar a base de empujones y burlas?
Nadie estuvo conmigo. Nadie.
Me incorporé y me acerqué al espejo. Estaba en el cuarto de baño con el cerrojo echado para que nadie me interrumpiese.
Aunque total, nadie iba a hacerlo.
Saqué la navaja que me había regalado mi tío hace varios años del bolsillo. Me dijo ese día que la emplearía para salvarme algún día.
El momento de salvarme era ahora.
Me miré el rostro y me rajé un poco la cara, atravesándome la mejilla izquierda. Un hilo de sangre rodó por ella. Estaba caliente, y me lamí un poco el líquido rojo que se acercó a mis labios.
Con un rápido movimiento, me corté el cuello de lado a lado, haciendo una línea perfecta. De longitud era desde una oreja hasta otra.
Me rajé un poco la muñeca verticalmente, pero lo hice muy flojo porque las fuerzas se me fueron. Caí al suelo, agarrando el pomo de la puerta con mis últimas fuerzas.
Cerré los ojos con una sonrisa. Nadie me entendería. Nadie entendería a un chico como yo, y seguramente todos me llamarán cobarde.
Pero al menos yo seré libre.


